2/5/10

Conducta en los velorios

Conducta en los velorios

No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese dialogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio este a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia esta en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de agotamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompanar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

Julio Florencio Cortazar 1962

fue mas o menos asi jajajaj!!

Espero q estes en el infierno persiguiendo coreanas y pasando peliculas. Te voy a extrañar perro pila:D

adolfo

24/4/10

Despachos

Sobre su escritorio, apretado en una antesala del despacho de la fiscal, tenia las fotos recien reveladas y una copia en CD del “Caso del Relojero”, ahora, oficialmente con este mote dado por los periodistas de policiales que hablaron toda la noche con la doctora Hernandez para anoticiarse de algo. –Secreto de sumario.- contestaba ella, que amaba los medios.-Estamos trabajando mucho en ello.- decia la declaracion de La Gaceta. Después que José, el mozo del barcito de la vuelta le trajera su jugo de naranja y las medialunas, le hecho un ojo a las fotos. Diez impresas, ochenta en el CD. Miro rapidamente las impresas, y las puso en el sobre marron en el que venian, sacó su notebook del trabajo, puso el CD, bajo todas las fotos en una carpeta que llamó como la caratula del caso, mejor dicho, como la caratula que terminaria teniendo el caso esa mañana: Cor. Capt.(ret.) Arturo David Kocsky por presunto homicidio. Las fotos eran algo perversas para el ojo común, pero a Juan le gustaba investigarlas, poner a que suene Sumo, y usar los programas de imágenes para ampliarlas e ir señalando cosas que creía que podian servir para algo. Despues de bajarlas, las pasó a otro CD, el que guardó en su mochila, despues llevo el original y las fotos impresas y las puso sobre el escritorio de su jefa, la que aun no llegaba. Los de mesa de entrada habian dejado también las actuaciones pasadas en limpio listas para agregar al expediente. Las firmó sin leer, y amontonó todo en la esquina derecha del escritorio de metal. Se arremangó la camisa, se aflojó la corbata y se paró del sillon. El jugo seguia fresco y lo terminó de parado, despues salió al mostrador y dijo que se iba a la Primera.






aaaalaaaaaa alalalalaaaaaa

adolfo

14/4/10

Espiando

{...}-A veces el instinto sale de la nada.- Pensaba cuando buscaba alguna caja para los relojes.- Soy como ese chiste de Mafalda con el cochecito.
Ni bien entró al local, además de asegurarse que las puertas estuvieran bien cerradas, prendió el equipo de música del que por supuesto comenzó a cantar Edith Piaf bastante distorsionada. No le daba miedo estar en la relojería, hacia tantos años que no iba ahí que le parecía ajena, pero recordó perfectamente donde, su abuelo primero y su papa después, escondían ese papel con la combinación de la caja fuerte y el contenido de la misma. También le espió un poco el notebook que estaba en el taller de la parte de atrás del local. No había nada extraño, en su casilla de mail había solo un par de notificaciones por la finalización de la publicación de algunos artículos “en la mira” en su cuenta de Mercado Libre, resúmenes de su American Express y dos o tres mails de algunos amigos, que habrían sido cartas de vivir en otra década. Se frustró un poco al no encontrar ningún mail extraño, alguna pagina porno gay o algo del Mosad, por lo menos de la SIDE, pero no. Swatch Group, American Express, Mercado Libre, planes de salud nuevos de la IOSE, Gral. Juan Martín Rosetti, un par de New Setlers de Rolex, Timex, Casio. Nada más.
-Pobre Juan, va a perder tiempo cuando vea la computadora aburrida esta.
La galería estaba ya medio muerta el sabado a la tarde. Agonizaba a medias luces y conserjes con escobillones. Ana tuvo la sensación de haber vuelto en el tiempo dentro de la galería. Todo ahí adentro era viejo, solo estaban abiertas las joyerías y un par de negocios que vendían ropa formal para hombres, negocios que son anacrónicos, son como piedras, a simple vista un traje es el mismo hoy que en los ochenta y las joyerías manejadas por vejetes seguramente que vendían cosas tan viejas como ellos, tan viejas como Edith, tan viejas como los relojes que tenia en su cartera.{...}

adolllffffffouooooo

4/4/10

Franqui

-Te tengo listo el video de la autopsia en un DVD, pero nada del otro mundo.-Contesto por celular a la pregunta si había encontrado algo raro en el cuerpo de Arturo.

-Veneno, desnucada, palo en medio de los huevos…

-No, boludo, si te digo que no he encontrado nada no hay nada…un tiro en la nuca y al carajo.-El forense tenia la voz de dormido, él prefería trabajar de noche, por algo le decían Franqui, por el Dr. Frankenstein.- Un tiro, limpio, de ahí lo ha dado vuelta y le ha hecho con un cuchillo la Estrella de David de tetilla a tetilla y del buche casi hasta la zapan.

-Ejecutada… ¿Que calibre la bala?

-Dejame de romper las pelotas pendejo, ya he mandado todo a Balística y te he dejado el informe y el video en mi oficina. Nos vemos.-Cortó sin que Juan pueda seguir con las preguntas. La concha, tenia que ir al hospital a buscar todo y con semejante calor.



siiiiiiiiiii siiiiiiiiiiii te voy a terminarrrrrrr te voy a termiiiiiiiiiiiiiiiiiiiinaaaaaaaaaarrrrr uoooooooooouoooooooooooooooooooooooooouuuuuuououoooooooooooouoooooooo


adolfo

22/3/10

Jazmines

-Jazmines.- Dijo en voz alta y pasó al lado de la chinita que vendía ramitos de las flores blancas y grandes, apenas atadas con un hilo plástico.

-Lleve un jazmín señora.- Se lo ofreció al conjunto de ramos. Ana sacó uno y lo olió con los ojos cerrados. Si, eran esos. Metió la mano en el bolsillo de atrás del pantalón y sacó un billete de veinte y se lo dio a la nena de vestido blanco inmaculado y zapatitos guillermina sin medias.

-Le falta el moño y las medias tres cuartos, mi amor.- Pensó y le dijo que se quede el vuelto y le acarició el cachete, pegándole el aroma de su perfume, que aunque francés, no le ganaba al exquisito aroma de los jazmines en la noche de la parte peatonal y adoquinada de la calle Mendoza.

16/3/10

El bolsillo descansa y la suerte sonríe.

{...}Con la luz prendida no era tan linda como parecia en la casa del Roly, pero el alcohol no se iba de las venas y había hambre. Que no se iba a clavar ese asadito el doctor Peña. Ella se puso un poco timida cuando entraron en el departamento, Juan pensó que se iba a tirar para atrás, que iba a inventar cualquier excusa para safar de garchar, entonces trato de hacerla sentir comoda, le dijo que se sienta como en su casa, le invito un vaso de Coca Cola y la escucho un buen rato alabar y sorprenderse por lo lindo que era el depto, por la cantidad de libros, los “juguetitos”, las armas, las computadoras, el plasma…Si, Juan se sintió un poco incomodo, incomodo como por ahí él se sentiria en la casa de ella, que seguro que tendria muebles marrones oscuro y flacos, sillas torneadas con los almohadones algo rotos, algunas fotos ampliadas de cuando ella o sus hermanas eras bebes, las casas ajenas incomodan a todos, pero no había tiempo que perder, y Juan le dijo que iban a estar mas comodos en su cama mientras la abrazaba por detrás, y ella le preguntó picara donde estaba el baño mientras le acariciaba la cara y le decia que lo espere en la cama. Se le apareció un rato despues, con una tanguita roja y con unos pezones oscuros y grandes. Juan le dijo algo, seguramente que algo pelotudo, pero a ella no le importaba nada, a él menos, y solo se besaron y metieron mano un buen rato, Peña se acabó en los pantalones al mejor estilo de American Pie, incluso pensó eso en el momento que eyaculaba, pero la nena sabia lo que hacia con sus caderas y manos, y las ganas de coger pusieron al soldado firme otra vez, y una vez uniformado con un pedazo de latex que había estado bastante tiempo en su envoltorio cumplio con su deber en esa trinchera un poco olorosa y frondosa, pero nada importaba, Peña tenia una mina sobre él que se movia con naturaleza, hasta con ciencia y un toque de arte por sus gemidos de actriz porno, incansable y complaciente.

Cuando Peña no pudo mantener mas su ereccion, ella se desmontó repartió besos como agradeciendo o pidiendo mas, y livianita se fue al baño, como hacen las chicas.{...}














ahi la garcharon jajajajajaja wiiii a veces la suerte sonrie y el bolsillo descansa



VIVA EL SANTO JOVEN!!!!!!!!!!!

3/3/10

Bombazos

Es como un cliché en las historias futboleras que en el barrio el gordito de la cuadra era el dueño de la pelota y el que siempre iba al arco, pero a pesar de ser el gordito de la cuadra, ser el dueño de la pelota e ir siempre al arco, el Carita de Bebé era un crack, era un crack al que nunca le metían goles, un arquero de edad difícil de averiguar por la mezcla imprecisa de su tamaño de pendejo grande y de su cara de pendejo chico, quizás demasiado chico y con razón su apodo.

El Carita de Bebé, o Bebé, o Carita, o el Gordo tenia un imán para su pelota, una pelota de cuero sintético con cascos rojos y blancos, de yapa algo de brillantina pegada y alguna frase grabada en la superficie brillosa, algo así como “Football World Cup 94” o alguna marca bastante pirateada, pero era la única que había en la cuadra en esa época de vacas flacas y por eso era la que rodaba en el pasto pelado de la plaza de la vuelta. Además, esta venia con imán para el Carita. Que grande el Gordo como quedaba, si la atajaba hasta con el culo el hijo de puta, y con las manos, los pies, la cabeza, la espalda…si a veces los chicos mas grandes se lo llevaban al Carita para que les quede en el picado, o cuando se armaba algún 25 iba de cabeza al arco porque no te hacia mas de tres pataditas, además, que mierda, a él le gustaba ser arquero, no le gustaba correr al tipo, ponerse mas colorado de lo que ya era le significaba mucho esfuerzo al Carita, era como algo ridículo ser mas rojo todavía por correr lento y moviendo las tetas, y para que vamos a mentir, era de madera, mas duro que una pared era el Gordo para la gambeta, y medio cagon para la defensa, si los otros pendejos lo pasaban como colectivo lleno cuando por ahí se quedaba atrás a jugar de dos o de cuatro el Carita, y para colmo hacia mano, se creía que seguía jugando de arquero y cuando llegaba un corner medio llovido el Bebé sacaba la manito pecosa entre las cabezas de los morochos mas petizos y le metía un cachetazo que te dejaba planchado por el ruido nomás…y si, si tenia imán para la pelota el Carita de Bebé. Mirá, daba gusto verlo quedar, era un despatarrado de mierda, pero no le entraba una al arco, y no solo en el picado te digo, al Bebé le pateaban penales, colas se armaban en la placita o en la vereda del Negro, que tenia dos árboles grandes como arcos de gigantes, para patearle algún penal al Gordo, y el muy hijo de puta se los atajaba a todos…si hubieras visto los puntanos que le metían a la pelota roja y blanca, ¡pum! Sonaba cuando el Carita la atajaba y todos se ponían como locos, porque era imposible tener semejante pared en la cuadra, garantía que no te metían uno y encima siempre llevando la pelota y poniendo la monedita que sacaba del monedero de su abuela para la coca, que de coca no tenia nada el liquido helado que venia en esas botellotas de dos litros y medio. Eran como el Carita esas botellas de gaseosa sabor naranja, que después la llenaban de agua en el mismo kiosco y otra vez se mandaban a la plaza a seguir jugando. Ojo, el Carita nunca era aguatero, siempre se hacia el gil para cargarlas y los otros pendejos se la alejaban al agua del arco, porque afirmaban que se la chupaba a las escondidas y después se cagaban todos de sed por el veranito pesado y húmedo. Imán para la comida y para la pelota tenia.

En la época de escuela casi no jugaba a la pelota, decia que venia cansado de la escuela, que ya había quedado mucho ahí, parece que sus compañeros de grado también apreciaban el magnetismo del Carita o mejor dicho, tenían como los de la cuadra, la puntería bastante hecha mierda para meter el gol o bastante fina y divertida para encajarle al cuerpo del Carita todos y cada uno de los remates al arco.



cuentossss deeee fullllboooo yeah!


adolfououo